El sistema bancario comercial de cualquier país es un indicador fidedigno de su grado de desarrollo capitalista. La función de los bancos es transferir los fondos ahorrados por los integrantes de la sociedad —personas físicas y morales— a los agentes económicos que requieren del crédito para el desempeño de sus actividades, ello en condiciones de oportunidad, volumen y precio internacionalmente competitivos.
En México la banca comercial opera como un mercado oligopólico, con servicios costosos que se utilizan relativamente poco.
Pero a juzgar por las declaraciones y los datos aportados antes y durante la recién concluida 71 Convención Bancaria, que coincidió con la celebración del 80 aniversario de la originalmente conocida Asociación de Banqueros de México, hoy Asociación de Bancos de México, lo anteriormente dicho queda desmentido por la realidad mexicana.
Ejecutivos de esta asociación y de los bancos, pocos banqueros (dueños de las empresas) y las autoridades del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda coincidieron en señalar que la aguda crisis de liquidez y de solvencia que experimenta Estados Unidos —y amenaza con contagiar a otros mercados financieros mundiales— no ha afectado a las instituciones crediticias mexicanas, las que se manejan con cautela en un marco de relativa estabilidad macroeconómica, sin dejarse llevar por la euforia especulativa de los derivados y por el abuso de las hipotecas de dudoso cobro, los principales causantes de la volatilidad bursátil de estos últimos meses.
Algunos más cautelosos señalaron que esta crisis estadounidense redundará en desaceleración del crecimiento real de la economía mexicana en 2008, y eso reducirá las actividades bancarias, pero nadie habló de insolvencia bancaria, ni de huidas de capital de los bancos o devaluaciones súbitas del peso mexicano.
Al margen de la magnitud que alcance la crisis en ciernes de las finanzas y de la economía de nuestro vecino del norte, y aun suponiendo que los bancos mexicanos salgan incólumes de la misma, para su propio bien y el del resto de la economía, eso en modo alguno desmiente la caracterización de que la banca mexicana es cara, ineficaz y pequeña para las necesidades económicas del país. Es probable que, precisamente por su bajo grado de desarrollo, la banca mexicana salga sin tropiezos de una posible crisis financiera generalizada en el sistema capitalista.
El crédito canalizado por la banca privada representa apenas 15% del PIB nacional, mientras que en 1994, antes de la crisis financiera y económica más grave del país desde 1929-1933, era de 38%. Esta proporción estaba por debajo de la prevaleciente en las economías desarrolladas, pero la de 2007 es aún inferior a la de muchas economías “emergentes”. Los diferenciales entre tasas de interés pasivas (las pagadas a los ahorradores) y activas (a las que prestan los bancos) son de 30 puntos porcentuales en promedio, mientras en Estados Unidos son de tres a cuatro puntos porcentuales. De un total de 40 bancos en México, siete grandes representan más de 85% del mercado bancario nacional.
La otra cara de la moneda son las elevadas utilidades obtenidas por los bancos grandes extranjeros en México. Las sucursales mexicanas de Santander y BBVA son las que mayores rendimientos les dejan, lo mismo sucede al banco canadiense Scotiabank, cuyas utilidades en México equivalen a 12% de las que logra en el mundo y a 33% de las obtenidas en América Latina.
Según datos de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, en 2007 la banca en México obtuvo utilidades por más de 69 mil millones de pesos, un aumento de más de 360% respecto a 1994, cuando se manejaba una cartera más del doble que la actual, y el “índice de bancarización” era también sustancialmente mayor. O sea que, en la actualidad, los bancos operan en menor escala pero sacan más provecho.
Finalmente, el conservadurismo operativo de los bancos no reduce el riesgo de una quiebra como la posterior a 1994, como lo prueba el índice de morosidad, con cifras superiores a 42 mil millones de pesos.
A los ejecutivos de los banqueros este indicador les parece controlable, pero los funcionarios de Hacienda están conscientes del costo fiscal de rescatar bancos (15% del PIB a datos de 2006), de ahí que marquen líneas para reforzar la regulación bancaria. Debería abrirse la competencia interna y romperse así al oligopolio existente.
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